27.5.13

El fin de los dos.

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No es que no les creyera, es que cuando lo contaban sonaban a historias como de esas que cuentan los mayores en los pueblos.

Mamá tiene una cicatriz de una mordida en el brazo izquierdo, ella dice que cuando era jovencita un perro de peluche la mordió.

Así como suena.

Algunos tal vez recuerden en casas de sus tías o abuelas, uno de esos San Bernardo de peluche de tamaño real. Eran muy populares a finales de los 60s en México, era EL regalo para una chica, los vendían en Sanborns.

Bueno pues por ridículo, inocente y lo que quieran que suene, eso sucedió en la misma casa donde vive Eduardo. Ya saben; “el de los tenis”

La casa como la describí era muy grande y desde que yo la conocí tenía un cuarto cerrado con candado. Uno sólo. El último cuarto de la casa, donde claro, Mamá y una de sus hermanas dormían, no recuerdan o no quieren recordar mucho, pero les pasaban muchas cosas a las dos.

Honestamente cuando las contaban lo hacían con tanta ligereza que me sonaba a cuentos, El perro de peluche que las atacó a mordidas, las camas literas que saltaban como si fueran un toro salvaje de vez en cuando, todas y cada una de las veces que les cerraban la puerta dejándolas encerradas y las incontables veces que les mentaban la madre a gritos a mitad de la noche, el “susto” favorito de Eduardo, el de los tenis.

Cualquiera diría que los que están mal eran ellas por no largarse de ahí, pero recordemos el contexto. Eran adolescentes y vivían en casa de su madre, una madre muy rígida que imponía sus reglas y pues era su casa y no dejaría que Eduardo se la quitara aún si Eduardo había llegado primero o si le mataba a todos y cada uno de sus perros, ella compraba otros dos en cuanto sucedía “algo” con ellos.

No tenían opción y la mayoría de las veces se guardaban el secreto de lo sucedido entre las dos sin contarle a nadie más.

Hasta el día que de la nada se prendió fuego un tocador de madera, de esos antiguos con espejo, la visión debe haber sido impresionante ya que se prendió por si sólo, sin velas ni aparatos electrónicos alrededor, se encendió de la nada y al reflejar las llamas en su propio espejo parecía un incendio gigantesco, mi madre y su hermana intentaron huir y Eduardo les cerró la puerta mientras las amenazaba, todos hemos escuchado al menos una vez las voces que hace Eduardo enojado, aunque ninguno lo hemos visto.

De algún modo todo mundo despertó, entraron, apagaron el fuego, sacaron lo necesario y cerraron la puerta de ese cuarto para siempre.

Esa es la parte de la historia que me contaron, la parte que yo conozco es la siguiente; desde que tengo uso de memoria recuerdo haber visto ese cuarto cerrado con un gran candado viejo. Y el portón de madera clavado a su propio marco.

Honestamente nunca pregunté, simplemente así son las casas viejas.

Pero como siempre los niños con pelotas rompen vidrios.

Un buen día me encontraba con uno de mis dos primos lanzando un pequeño pero duro balón de tocho, y al no cacharlo me pasó lo que siempre me pasaba, lo mismo que en casa de los micrófonos.

Rompí el vidrio de ese cuarto sin querer y miré adentro sin querer queriendo.

Al asomarme vi la litera aún con ropa de cama enmohecida por al menos unos 20 años de estar cerrada. Estaba aún el viejo tocador todo roto y calcinado y no sólo eso. En una orilla estaba el perro de peluche metido en una funda de plástico cristal.

En el momento no me significo nada más que el miedo que produce una escena de abandono así tipo Chernobyll. No tengo otro modo de describirla. 
Mi abuela me vio y me regañó mucho. Pues si bien, jamás lograron contener a Eduardo, al menos dejó de atacar a sus hijas cuando cerraron ese cuarto.

Incontables cosas sucedieron en ese lugar y ese pequeño y duro balón de plástico hizo que yo empezara a escuchar las historias a las que años después se sumaría mi noche con los platos, los perros y el de los tenis.

Hasta que terminaron de golpe un día en medio de un gran incendio.

Casualmente ese incendio causado por “fallas eléctricas” provenientes del cuarto del fondo de la casa, aquel que no había encendido una luz en más de 20 años.

Lo que le dio validez a todos nuestros alucines, aquella era de esas casas viejas donde la duela de madera está por arriba de metro y medio debajo de construcción, que no propiamente es un sótano si no una especie de área de respiro de la casa y por donde corren tubos, calefacción y así ya saben ingeniería de antes, de la que era funcional.

y la validez a nuestras historias se obtuvo cuando después de descubrir la casa en cenizas consumida por aquél fuego originado en ese cuarto, se halló algo insólito y absolutamente palpable y real.
Debajo de esa duela de madera los peritos al hacer la investigación descubrieron que había un catre.

Un viejo catre retorcido por el fuego y lo más impactante para todos los que lo vivimos era que junto a el había un par de tenis derretidos.

Tal parece que Eduardo no sólo era real, fue material en algún momento y sobretodo de algún modo extraño vivía debajo del piso sellado de esa recámara.

Aunque extraño para los peritos del seguro, tampoco apareció ningún indicio de restos humanos ni abajo de la duela ni en ninguna parte de la casa, supongo que los fantasmas no dejan cenizas.

La parte triste de la historia es que siempre pienso que Eduardo al final mató a mi abuela. Ya que al perder su casa, mi abuela vivió en depresión por sólo un par de años más en una pequeña casa de dos pisos. 

Eso acabó con ella y el incendio talvez acabó con Eduardo, eso queremos pensar todos.